martes, 22 de julio de 2008

Ese Chaval...

Ese Chaval me sorprende, nunca sé con total seguridad cuando será la próxima vez que me cruzaré con él, y tal vez sea eso lo que hace que Disfrute tanto de cada encuentro.

Le conozco desde hace mucho, mucho tiempo, lo he visto innumerables veces, y sé de buena tinta que anda algo mal de la cabeza, Dedica tiempo a hacer cosas un poco raras, para no ganar nada. Este chico se esfuerza, y da lo mejor de sí, avanza concentrado, ensimismado, sólo le importa lo que se trae entre manos en ese momento, un asunto serio: disfrutar avanzando, siempre hacia adelante, busca aniquilarse y reducirse a no ser más que un viento que pasa.

En otoño lo encuentro subiendo montañas, volando bajo sobre hojas doradas, marrones, sobre húmedos musgos . Lleva un buen tomo de barro en botas y pantalón, la ropa húmeda, bastante peso en la espalda, pero avanza ligero, con la mirada alta, por encina de grises y brumosos collados, de collados de esos que sólo en apariencia no parecen esconder nada detrás.

En invierno, cuando mueren todos los sonidos, cuando la escarcha hace tintinear sus bolillos y lo cubre todo con su helado encaje sin hacer distinciones entre animal, vegetal o mineral; allá va él poniendo un pie tras otro tan rápido como le es posible; las manos oscilan ateridas, las orejas y la nariz lucen un rojo brillante, pero su corazón arde y él no se detiene, continúa dejando tras de sí una voluble estela de vaho.

En primavera, los hollares dilatados, el corazón agitado, bebe con ansia los nuevos aromas que impregnan el aire: un pinar cargado de humedad, el dulce y áspero olor de las encinas, algunas flores recién estrenadas en esto del vivir. Se entrega resignado a los caprichosos elementos: los chaparrones le mojan, el sol comienza a tostarle... no se para, continúa su marcha y a su alrededor flotan las yemas de los árboles, los estrenados verdores y las galas de las flores

En verano sale de casa de amanecida y los suaves rosáceos dedos de la aurora lo acarician, dentro de una horas serán los pesados y ardientes rayos de sol los que lo abrasen indiferentes, y le hagan transpirar, sequen su boca, aceleren su respiración. Continúa avanzando sin detenerse, se cansa, su boca es de esparto, suda a chorros, la intensa luz pesa sobre sus hombros

Cuando estoy con él nunca está quieto, serpentea por los senderos, pisa la hierba, rueda por un arcén, nada en un pantano, escala riscos afilados, corre entre árboles, esquiva peatones en los parques, salta zanjas, negocia trialeras, se desliza por carreteras estrechas, baja por laderas, hace cantar las pizarras de un chancal... todo ello escuchando su respiración, el galopar de su corazón, la música de sus leves pasos, las ruedas zumbando sobre el asfalto, el viento en los oidos, el chapoteo rítmico del agua... con la mirada perdida siempre hacia adelante, un brillo extraño en los ojos y una media sonrisa apenas asomada en el filo de la boca, quizá porque ve algo más allá de aquello que le muestran sus ojos, quizá porque no ve nada, quizá nada de lo que ve le importa: en ese momento es feliz.

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